Cerré los dedos de mi mano izquierda sobre la pieza de metal frío.
—Que Dios te bendiga, muchacho —murmuré.
—No me bendiga a mí, doctora —respondió él, abriendo la reja lateral con un chasquido sordo—. Vaya por ellos. Hágalos pagar por lo que le hicieron al niño.
Veinte minutos después, salí de la pequeña capilla del geriátrico con un libro pesado encuadernado en piel negra bajo el brazo, envuelto en una bolsa de tela oscura.
En sus páginas amarillentas, la caligrafía pulcra de Teresa Morales detallaba con precisión forense:
«14 de septiembre, 03:15 hrs. Quirófano 3. Paciente: Camila Mendoza. Procedimiento: Raspado uterino de urgencia post-aborto incompleto. Cirujano actuante: Dr. Julián Mendoza (sin autorización obstétrica formal). Tres ampollas de fentanilo administradas bajo orden verbal directa. Testigo: T. Morales, Enf. Jefa».
La prueba definitiva estaba en mis manos.
El sol del mediodía caía a plomo sobre el asfalto cuando el taxi se detuvo frente a las imponentes rejas de hierro forjado de la mansión Mendoza, en la zona más exclusiva de Las Lomas de Chapultepec.