El heredero de la infamia

Me acerqué un paso más a los barrotes.

—Entonces el tiempo se acabó, Ernesto. Si ese libro se quema con el viejo, tu madre y tú seguirán siendo cómplices de una infamia hasta el día en que los entierren.

Ernesto permaneció inmóvil durante diez segundos agónicos.

Sus ojos brillaron con lágrimas de rabia contenida y vergüenza ancestral.

Desenganchó de su cinturón una llave de latón alargada, con el número “4B” grabado toscamente en la cabeza.

Me la tendió a través de la reja con la mano temblorosa.

—No está en el sótano del hospital, doctora —susurró con el aliento agitado—. Cuando la señorita Camila volvió al país hace dos semanas, mi madre me ordenó sacarlo del archivo y esconderlo aquí, en la capilla del asilo, debajo del reclinatorio de San Judas Tadeo. Ella sabía que vendrían a quemarlo tarde o temprano.

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