El heredero de la infamia

—Estoy viva, Ernesto —respondí, sin desviar los ojos de los suyos—. Y vine a ver a tu madre antes de que los Mendoza terminen de comprar su silencio con la pensión que le pagan cada mes.

El joven retrocedió medio paso, tragando saliva con dificultad evidente.

—Mi madre ya no reconoce a nadie, doctora… apenas sabe quién es ella misma. No la involucre en esto, por favor. Si don Mateo o la señorita Camila se enteran de que usted habló con nosotros…

—Camila mandó saquear mi consultorio anoche, Ernesto —lo interrumpí con una frialdad glacial—. Derribaron la urna con las cenizas de mi hijo recién nacido y las pisotearon en el lodo.

El silencio que cayó sobre la caseta de vigilancia fue absoluto, roto únicamente por el zumbido de un viejo ventilador de techo.

Ernesto apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de sus mejillas se tensaron como cuerdas.

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