Era un mensaje de texto de Sebastián:
«La cena se alargó un poco, mi amor. Los inversionistas quieren cerrar los acuerdos preliminares antes de medianoche. No me esperes despierta. Te amo».
Miré la pantalla con una frialdad glacial que jamás creí poseer.
«Descansa, querido. Mañana será un día muy productivo para ambos», respondí.
A partir de esa noche, el juego cambió por completo.
Ya no era una víctima recolectando los pedazos de su dignidad herida; era una estratega moviendo piezas en un tablero de ajedrez donde el más mínimo error de cálculo significaba la ruina total.
Para ejecutar una salida limpia y devastadora, necesitaba tres elementos indispensables:
Primero: liquidez absoluta fuera de la jurisdicción nacional.
Segundo: transferir la custodia de las patentes clave de biotecnología a una sociedad tenedora con sede en Suiza, donde las leyes de propiedad intelectual impiden medidas cautelares expeditas dictadas por tribunales extranjeros.