El heredero de la infamia

El vigilante de la entrada, con uniforme azul gastado y gafete a nombre de “E. Morales”, tomaba café amargo en un vaso térmico.

Al verme avanzar hacia la reja, se levantó con el ceño fruncido:

—Las visitas familiares comienzan a las diez, señora.

Me detuve a dos pasos de él.

Aparté la capucha oscura de lana que cubría mi rostro y fijé la mirada en sus ojos cansados.

—Ernesto —dije en voz baja pero con una firmeza que lo dejó inmóvil—. Mírame bien.

El hombre parpadeó, confundido por la familiaridad de mi voz.

Luego, su vista bajó hacia mi brazo derecho, inerte y oculto en el bolsillo ancho de la chaqueta, y de ahí subió hasta la cicatriz quirúrgica que asomaba por mi puño.

La taza de café tembló en su mano diestra.

—¿Doctora… Valeria? —balbuceó, perdiendo el color en las mejillas tostadas—. Dios santo… dijeron que usted había muerto en la costa hace años.

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