Allí, detrás de la cava climatizada, Sebastián mantenía un archivo cerrado con llave donde guardaba los respaldos físicos de las patentes más antiguas de la compañía.
Utilicé la ganzúa que Mateo me había proporcionado dos semanas atrás, junto con instrucciones precisas para vencer el cerrojo de seguridad de doble paletón.
Mis manos temblaban de forma incontrolable.
El metal frío de la herramienta resbalaba entre mis dedos empapados en sudor.
Un clic seco rompió la quietud del sótano.
La puerta de metal pesado cedió unos milímetros.
Encendí una pequeña linterna de luz blanca, cuidando de no iluminar hacia las rejillas de ventilación superiores.
El olor a papel viejo, moho y humedad me golpeó de inmediato.
Comencé a revisar caja por caja, archivador por archivador.
Encontré las actas constitutivas originales.
Los primeros contratos de crédito firmados con mis padres como avales hipotecarios.