Me puse de pie con una lentitud ceremonial.
Con la mano izquierda, recogí con una gasa estéril cada gramo de ceniza húmeda que pude rescatar del suelo, guardándola cuidadosamente dentro de un frasco de vidrio para biopsias que cerré herméticamente.
Lo coloqué en el bolsillo de mi chaqueta, justo al lado de mi corazón.
—No te quedarás en la tierra que ellos pisan, mi vida —susurré en la penumbra del consultorio devastado—. Nos vamos a la capital.
Fui al cuarto trasero.
No empaqué ropa. No guardé medicamentos.
Solo tomé mi bolso de lona, introduje el frasco con las cenizas de mi hijo, la tarjeta de memoria con los registros suizos de Julián Mendoza y la declaración manuscrita de Beltrán.
Caminé hacia el espejo del baño y me miré fijamente una última vez.
No me lavé las cenizas que manchaban mis mejillas ni el polvo grisáceo adherido a mi frente.