Apreté la frente contra el suelo empapado de cenizas y alcohol.
El frío de la piedra me quemó la piel.
Durante diez años no había derramado una sola lágrima delante de Mateo ni de Camila.
Me había tragado el dolor, la humillación pública, la pérdida de mi carrera y el desprecio de una sociedad entera sin emitir un sollozo.
Pero esa noche, en el suelo sucio de ese dispensario profanado, me rompí por completo.
Un llanto desgarrador, silencioso y gutural brotó de lo más profundo de mis entrañas, sacudiendo mis hombros con una violencia incontrolable.
Estaba recogiendo los restos profanados de mi hijo del suelo de una pocilga mientras Mateo Mendoza dormía en sábanas de lino egipcio en la capital, convenciéndose a sí mismo de que era un caballero caritativo dispuesto a “perdonarme”.
Y Camila…
Camila creía que con quemar esa carpeta falsa en la chimenea de su mansión había borrado para siempre su crimen.