Mis ojos cayeron directamente sobre el charco de alcohol de noventa y seis grados donde reposaban las cenizas de Joaquín.
El líquido transparente había empapado el polvo gris de sus restos, convirtiéndolo en un lodo oscuro adherido a las baldosas agrietadas.
Caí de rodillas.
El impacto de mis huesos contra el piso de hormigón me arrancó un gemido seco, pero no me importó.
Extendí mi mano izquierda, temblorosa, desesperada, e intenté juntar aquel polvo húmedo entre mis dedos.
El lodo resbalaba entre mis palmas, manchándome la piel de ceniza y alcohol frío.
—Joaquín… —susurré con una voz que ya no parecía humana—. Mi niño… mi pequeño… mamá está aquí… perdón… perdón…
Intenté usar mi mano derecha, pero el brazo inerte solo colgaba a mi lado, golpeando torpemente contra mi rodilla, recordándome mi absoluta inutilidad física.