—La tenemos. Vámonos antes de que la lisiada regrese.
Salieron rápidamente por la puerta trasera del dispensario que daba a los acantilados, perdiéndose en la negrura de la playa.
Me quedé pegada al muro de piedra durante dos minutos enteros, incapaz de mover un solo músculo.
Mis dedos izquierdos se clavaban en la mampostería hasta desgarrarme la piel viva.
El dolor físico no existía.
Solo había un vacío negro, inmenso y abrasador que devoraba cada rincón de mi conciencia.
Caminé hacia el dispensario con pasos autómatas, arrastrando los pies como si cargara cadenas de plomo.
Crucé el umbral de la puerta destrozada.
El olor a alcohol desinfectante derramado y a humedad impregnaba la sala de espera deshecha.
Los cajones del escritorio estaban volcados en el piso, las fichas médicas de los pescadores esparcidas como basura inútil.
Pero mis ojos no registraron nada de eso.