DURANTE OCHO FINES DE SEMANA, MI HIJO DE 16 AÑOS ME DIJO QUE DORMÍA EN CASA DE SU MEJOR AMIGO. A LAS 4:37 DE LA MADRUGADA REGRESÓ CON LOS BRAZOS LLENOS DE QUEMADURAS. CUANDO DESCUBRÍ LO QUE HABÍA ESTADO HACIENDO, NO PUDE DEJAR DE LLORAR.

Antes me hablaba de los partidos.

De los videojuegos.

De las películas que veían.

Pero últimamente respondía con frases cortas.

«Nada, mamá».

«Lo de siempre».

«Estuvimos platicando».

Yo había pensado que era normal.

Tenía dieciséis años.

Creí que simplemente estaba creciendo y necesitaba más privacidad.

—Ha estado muy cansado —admití.

Teresa me miró.

—Emiliano también.

Sentí un escalofrío.

—Pensé que era por la escuela.

Ella bajó la cabeza.

—Yo también.

Entre la medianoche y las cuatro de la mañana intentamos tranquilizarnos por turnos.

Una decía que seguramente estaban en una fiesta.

La otra asentía.

Después imaginábamos que quizá habían salido de viaje con algún compañero.

O que se habían quedado sin batería.

O que estaban haciendo alguna tontería propia de su edad.

Pero ninguna explicación nos convencía.

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