Nadie sabía dónde estaban.
O al menos nadie quiso decirnos.
Uno de los compañeros respondió algo que me dejó helada.
—Señora, creo que Mateo y Emiliano andan haciendo algo.
—¿Qué cosa?
—No sé bien.
—¿Dónde están?
—De verdad no sé, señora.
Después terminó la llamada.
Teresa salió en su automóvil.
Recorrió las canchas.
El parque.
La plaza comercial.
La terminal de autobuses.
Y varios lugares donde nuestros hijos acostumbraban reunirse.
Yo llamé a hospitales y pregunté si habían recibido a dos adolescentes con sus características.
No obtuve ninguna respuesta que nos ayudara.
El miedo comenzó a transformarse en desesperación.
Al mediodía ya no podía comer.
Por la tarde tenía las manos temblando.
Y cuando llegó la noche, sentí que el aire de la casa se había vuelto demasiado pesado.
Teresa llegó poco después de la medianoche.