DURANTE OCHO FINES DE SEMANA, MI HIJO DE 16 AÑOS ME DIJO QUE DORMÍA EN CASA DE SU MEJOR AMIGO. A LAS 4:37 DE LA MADRUGADA REGRESÓ CON LOS BRAZOS LLENOS DE QUEMADURAS. CUANDO DESCUBRÍ LO QUE HABÍA ESTADO HACIENDO, NO PUDE DEJAR DE LLORAR.

Nuestros hijos llevaban ocho fines de semana mintiéndonos a las dos.

Llamé inmediatamente a Mateo.

El teléfono mandó a buzón.

Volví a llamar.

Nada.

Abrí nuestra conversación.

Su último mensaje había llegado la noche anterior, poco después de las nueve.

«Mamá, ya cenamos. Pedimos pizza. No me esperes despierta. Te quiero».

Le escribí:

«Mateo, ya sé que no estás en casa de Emiliano. Llámame ahora mismo».

El mensaje se entregó.

Pero no lo leyó.

Teresa seguía al teléfono.

Y entonces dijo algo que nunca olvidaré.

—Vero, ¿y si les pasó algo?

—No digas eso.

—Pero no sabemos dónde están.

—Vamos a encontrarlos.

Intenté sonar tranquila.

No lo estaba.

Durante las siguientes horas llamamos a todos los amigos que pudimos recordar.

Compañeros del equipo de futbol.

Muchachos de la escuela.

Un primo de Emiliano.

Una jovencita con la que Mateo había estado intercambiando mensajes.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *