Nuestros hijos llevaban ocho fines de semana mintiéndonos a las dos.
Llamé inmediatamente a Mateo.
El teléfono mandó a buzón.
Volví a llamar.
Nada.
Abrí nuestra conversación.
Su último mensaje había llegado la noche anterior, poco después de las nueve.
«Mamá, ya cenamos. Pedimos pizza. No me esperes despierta. Te quiero».
Le escribí:
«Mateo, ya sé que no estás en casa de Emiliano. Llámame ahora mismo».
El mensaje se entregó.
Pero no lo leyó.
Teresa seguía al teléfono.
Y entonces dijo algo que nunca olvidaré.
—Vero, ¿y si les pasó algo?
—No digas eso.
—Pero no sabemos dónde están.
—Vamos a encontrarlos.
Intenté sonar tranquila.
No lo estaba.
Durante las siguientes horas llamamos a todos los amigos que pudimos recordar.
Compañeros del equipo de futbol.
Muchachos de la escuela.
Un primo de Emiliano.
Una jovencita con la que Mateo había estado intercambiando mensajes.