Es la primera línea.
La que Teresa escribió antes de hablar de sus problemas.
La que yo no me detuve a leer durante meses.
Decía:
«Feliz cumpleaños, mi niño. Estamos muy orgullosos de ustedes dos».
Cada vez que leo esas palabras recuerdo la fiesta.
El patio lleno de gente.
El regalo pequeño.
La mano de Teresa sosteniéndolo.
Y mi propia voz diciendo que no tenía que preocuparse.
Recuerdo cómo le quité el paquete antes de que terminara de hablar.
Cómo sonreí.
Cómo pensé que estaba siendo amable.
Y cómo, sin saberlo, le cerré la puerta a una amiga que estaba intentando pedirme ayuda.
También recuerdo a Mateo entrando a nuestra casa a las cuatro y treinta y siete de la madrugada.
Con harina en el cabello.