Sus ojos se humedecieron.
—¿Sí?
—Muchísimo.
Respiré profundamente.
—Pero también quiero que aprendas que no tienes que sufrir para demostrar que quieres a alguien.
Mi hijo asintió.
Después me abrazó.
Y por primera vez desde aquella madrugada, sentí que comenzábamos a dejar atrás lo sucedido.
Hoy Emiliano pasa muchos fines de semana en nuestra casa.
Esta vez de verdad.
Duerme en la habitación de visitas.
Los muchachos juegan videojuegos.
Hacen tareas.
Discuten por el control de la televisión.
Y dejan vasos por todas partes.
A veces Teresa viene a cenar.
Otras veces yo voy a su casa.
Seguimos siendo amigas.
Pero nuestra amistad es diferente.
Más sincera.
Menos preocupada por aparentar que todo está bien.
Ahora sabemos que pedir ayuda no debería provocar vergüenza.