DURANTE OCHO FINES DE SEMANA, MI HIJO DE 16 AÑOS ME DIJO QUE DORMÍA EN CASA DE SU MEJOR AMIGO. A LAS 4:37 DE LA MADRUGADA REGRESÓ CON LOS BRAZOS LLENOS DE QUEMADURAS. CUANDO DESCUBRÍ LO QUE HABÍA ESTADO HACIENDO, NO PUDE DEJAR DE LLORAR.

 

Decía que ya sabía trabajar.

 

Que no le importaba el cansancio.

 

Que podía hacerlo los fines de semana.

 

Yo me negué.

 

No porque despreciara su deseo de trabajar.

 

Sino porque necesitaba comprender que su salud y sus estudios eran más importantes que demostrar que podía soportarlo todo.

 

Finalmente buscamos orientación de una persona especializada en adolescentes.

 

Mateo aceptó que, cuando tuviera la edad adecuada, podría buscar un empleo formal con condiciones seguras.

 

Incluso un conocido de la familia le ofreció considerar una oportunidad cuando cumpliera dieciocho años.

 

Mientras tanto, debía concentrarse en la escuela.

 

Y aprender que ayudar a otros no significaba ponerse en peligro.

 

Emiliano también dejó de trabajar.

 

Durante un tiempo estuvo más callado de lo habitual.

 

Teresa me contó que se sentía culpable.

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