DURANTE OCHO FINES DE SEMANA, MI HIJO DE 16 AÑOS ME DIJO QUE DORMÍA EN CASA DE SU MEJOR AMIGO. A LAS 4:37 DE LA MADRUGADA REGRESÓ CON LOS BRAZOS LLENOS DE QUEMADURAS. CUANDO DESCUBRÍ LO QUE HABÍA ESTADO HACIENDO, NO PUDE DEJAR DE LLORAR.

 

Mateo me lo repitió varias veces.

 

—Mamá, Rogelio no era malo con nosotros.

 

Yo lo escuché.

 

Y le respondí:

 

—Puede ser que no los haya tratado con crueldad, hijo. Pero eso no significa que estuviera bien ponerlos a trabajar de esa manera.

 

Mi hijo bajó la mirada.

 

—Lo sé.

 

—Tenías dieciséis años.

 

—Ya sé, mamá.

 

—No tenías que resolver los problemas económicos de otra familia.

 

Mateo guardó silencio.

 

Después dijo:

 

—Pero Emiliano es mi hermano.

 

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.

 

No porque estuviera de acuerdo con su decisión.

 

Sino porque comprendía el amor que la había provocado.

 

Durante años había visto a esos dos muchachos compartir juguetes, uniformes, cumpleaños y secretos.

 

Nunca imaginé que su amistad llegaría a un punto en el que uno estuviera dispuesto a agotarse y lastimarse para proteger al otro.

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