DURANTE OCHO FINES DE SEMANA, MI HIJO DE 16 AÑOS ME DIJO QUE DORMÍA EN CASA DE SU MEJOR AMIGO. A LAS 4:37 DE LA MADRUGADA REGRESÓ CON LOS BRAZOS LLENOS DE QUEMADURAS. CUANDO DESCUBRÍ LO QUE HABÍA ESTADO HACIENDO, NO PUDE DEJAR DE LLORAR.

Los dos se conocieron cuando tenían cuatro años.

Estuvieron juntos en el jardín de niños.

Después en la primaria.

Y ahora estudiaban en la misma preparatoria.

Eran prácticamente inseparables.

Emiliano vivía con su madre, Teresa, a unas cuantas calles de nuestra casa.

Teresa y yo nos conocíamos desde hacía casi veinte años.

Habíamos compartido cumpleaños, reuniones escolares, enfermedades infantiles y tardes enteras esperando a nuestros hijos afuera de la escuela.

Por eso, cuando Mateo me decía que iba a quedarse en casa de Emiliano, nunca tenía motivos para desconfiar.

Y cuando Emiliano decía que dormiría en nuestra casa, Teresa tampoco sospechaba nada.

Éramos dos madres que creíamos conocer perfectamente la vida de nuestros hijos.

Hasta aquel sábado.

Todo comenzó alrededor de las nueve de la mañana.

Yo estaba preparando café cuando sonó mi teléfono.

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