Y que una buena intención podía doler si no iba acompañada de discreción.
Aquella tarde comprendí que mi hijo no había desconfiado de mi corazón.
Había desconfiado de mi manera de actuar.
Y esa diferencia me dolió profundamente.
Por supuesto, nada de aquello justificaba lo que los muchachos habían hecho.
Trabajar de noche en una panificadora industrial era peligroso.
Eran menores de edad.
No tenían la protección adecuada.
Y las quemaduras de Mateo eran una prueba visible de los riesgos que habían corrido.
Cuando conocimos todos los detalles, Teresa y yo buscamos orientación y presentamos los reportes correspondientes.
Las autoridades competentes comenzaron a revisar las condiciones en las que habían trabajado.
Nos pidieron declaraciones.
Los muchachos también tuvieron que explicar lo sucedido.
El encargado de la panificadora aseguró que nunca había tratado mal a ninguno.