Pero cuando lo vi bajo la luz del pasillo, todas las palabras que había preparado desaparecieron.
Porque mi hijo no parecía un adolescente que hubiera pasado la noche divirtiéndose.
Parecía un hombre que llevaba demasiado tiempo cargando un peso que nunca debió pertenecerle.
Y cuando finalmente me explicó por qué había estado mintiéndome, comprendí que la historia no era solamente sobre él.
También era sobre mí.
Me llamo Verónica Salgado.
Soy madre soltera de un muchacho de dieciséis años llamado Mateo.
Vivimos en las afueras de Puebla, en una casa pequeña donde siempre he intentado que no falte comida, tranquilidad ni alguien dispuesto a escuchar.
Mateo es mi único hijo.
Desde que era pequeño ha sido tranquilo, cariñoso y bastante reservado.
Nunca fue de meterse en problemas.
Le gustaba jugar futbol, andar en bicicleta y pasar horas con su mejor amigo, Emiliano.