Una parte se utilizó para cubrir otras necesidades.
Pero había algo que no aparecía en ningún cuaderno.
Algo que ocurría todos los días, delante de mí.
En septiembre, Emiliano comenzó a dejar de comer durante el recreo.
Cuando sus compañeros le preguntaban, decía que no tenía hambre.
A veces aseguraba que había desayunado demasiado.
O que prefería comer al llegar a casa.
Pero Mateo sabía la verdad.
En su casa estaban ahorrando incluso en la comida.
Y Emiliano no quería que su madre se preocupara.
Así que mi hijo hizo algo.
Comenzó a llevar dos almuerzos a la escuela.
Uno para él.
Y otro para su mejor amigo.
Durante siete semanas.
Todos los días.
Yo preparaba aquellos almuerzos.
Yo misma.
Cada mañana me levantaba poco después de las seis.
Sacaba pan.
Preparaba tortas.
Lavaba fruta.