DURANTE OCHO FINES DE SEMANA, MI HIJO DE 16 AÑOS ME DIJO QUE DORMÍA EN CASA DE SU MEJOR AMIGO. A LAS 4:37 DE LA MADRUGADA REGRESÓ CON LOS BRAZOS LLENOS DE QUEMADURAS. CUANDO DESCUBRÍ LO QUE HABÍA ESTADO HACIENDO, NO PUDE DEJAR DE LLORAR.

—¿Qué?

—Para ayudarla con los gastos.

No supe qué responder.

Mateo miró hacia la puerta.

—Emiliano y yo no sabíamos qué más hacer.

Entonces comenzó a contarme una historia que yo había tenido frente a mis ojos durante meses sin darme cuenta.

Teresa había perdido su empleo en julio.

Llevaba casi diez años trabajando para la misma empresa.

Pero hubo una reducción de personal.

Le entregaron una liquidación pequeña.

Y se quedó sin ingresos estables.

No me lo contó.

Yo sabía que había dejado de trabajar allí.

Pero nunca comprendí lo grave que era su situación.

En septiembre consiguió un empleo de medio tiempo.

Después encontró otro trabajo por algunas horas.

Pero entre ambos apenas reunía una parte de lo que ganaba antes.

Y durante agosto, septiembre y buena parte de octubre, las cosas se complicaron muchísimo.

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