Aquella madrugada llevaba harina en el cabello, en el cuello y entre las costuras de la sudadera.
Mientras me explicaba lo sucedido, miró dos veces hacia el suelo.
—Perdón por ensuciarte la alfombra, mamá.
La primera vez pensé que había escuchado mal.
La segunda sentí ganas de llorar.
Mi hijo estaba cubierto de quemaduras.
Había trabajado toda la noche.
Y se disculpaba porque estaba dejando harina sobre el piso.
—No me importa la alfombra —le dije.
Él asintió.
Pero seguía sin sentarse.
Me acerqué y le tomé suavemente una mano.
—Mateo, ¿para qué necesitabas el dinero?
Mi hijo permaneció callado.
Después levantó la mirada.
Y dijo una frase que todavía recuerdo palabra por palabra.
—No era para mí, mamá.
Pensé que había entendido mal.
—¿Cómo que no era para ti?
Mateo tragó saliva.
—Era para la señora Teresa.
Me quedé inmóvil.