Mi abdomen crecía.
Pero mis brazos y piernas seguían prácticamente iguales.
En ocasiones me miraba al espejo y me parecía extraño.
Sin embargo, siempre encontraba una explicación.
Tenía ochenta años.
Mi cuerpo ya no era el mismo.
Había dejado de caminar tanto.
Comía a deshoras.
Y me repetía que era normal que una mujer de mi edad cambiara de figura.
Con el paso de los meses comenzaron otras dificultades.
Ya no podía agacharme para sacar una charola de la parte inferior del horno.
Sentarme en mi sillón favorito se volvió incómodo.
Por las noches necesitaba varias almohadas para descansar.
Y algunas mañanas me despertaba sintiendo una presión desagradable en el vientre.
Aun así, no fui al médico.
No quería preocupar a mis hijos.
Tampoco quería que me trataran como una anciana incapaz de tomar sus propias decisiones.