Arturo pasó los últimos años de su vida construyendo un plan para protegerme después de su muerte.
Yo pasé los siguientes doce años evitando abrir la carta que explicaba aquel plan.
Y cuando finalmente lo hice, comprendí algo que me acompañará durante el tiempo que me quede.
No podemos proteger a quienes amamos de todos los peligros.
No podemos controlar lo que sucederá después de nuestra partida.
Y tampoco podemos obligarlos a tomar las decisiones que consideramos correctas.
Podemos dejarles información.
Podemos acompañarlos.
Podemos explicarles nuestros temores.
Pero al final, cada persona tiene que abrir sus propias cartas.
Yo tardé doce años en abrir la mía.