Pienso en las once anteriores.
En los estudios que no se realizaron.
En el sobre color crema que permanecía intacto en mi buró.
Y en Arturo, sentado durante sus últimos días en una cama de hospital, preocupado por asegurar mi futuro.
Había pensado en casi todo.
Pagó el seguimiento médico.
Dejó contratos.
Organizó las revisiones.
Se aseguró de que una especialista continuara al frente del programa.
Y escribió instrucciones para mí.
Pero había algo que no podía hacer.
No podía obligarme a leerlas.
No podía impedir que el dolor me hiciera cerrar los ojos ante ciertas cosas.
No podía estar allí para decirme: