No porque me doliera la rodilla.
Sino porque estaba llorando.
Había recuperado algo tan sencillo como moverme dentro de mi propia casa.
El programa médico de la doctora Aranda seguía activo.
Mi participación continuaba registrada.
Y la financiación que Arturo había dejado estaba vigente hasta 2034.
Cuando volví a hablar con la doctora, me explicó que cualquier seguimiento futuro tendría que realizarse con mi conocimiento y decisión.
Esta vez leí los documentos.
Todos.
Hice preguntas.
Pedí aclaraciones.
Y decidí continuar con las revisiones que fueran apropiadas para mi situación.
No porque Arturo lo hubiera ordenado.
Sino porque ahora comprendía qué estaba aceptando.