No por miedo a morir.
A los ochenta años una aprende a pensar en la muerte de otra manera.
Lloré porque todavía quería vivir.
Quería ver crecer a mis bisnietos.
Quería volver a preparar comida en mi cocina.
Quería caminar por mi casa sin sentir aquel peso enorme.
Y quería tener tiempo para entender lo que Arturo había intentado hacer por mí.
La recuperación fue lenta.
Pero mejoré.
En marzo conseguí agacharme para sacar una charola del horno.
Era una tarea insignificante para cualquier otra persona.
Para mí fue una victoria.
Me quedé sentada en el piso de la cocina durante varios minutos.