La segunda conversación ocurrió en abril.
Estábamos sentados en mi cocina.
La misma mesa donde Arturo solía revisar sus papeles.
Daniel había llevado una copia de algunos documentos.
Los colocó frente a mí.
—Mamá, sigo pensando que debí preguntarte.
Lo miré.
—Y yo sigo pensando que debí abrir aquella carta.
Mi hijo permaneció callado.
—Los dos tuvimos miedo —continué—. Tú tenías miedo de descubrir algo terrible sobre tu padre. Yo tenía miedo de enfrentarme a lo último que me había dejado.
Daniel se cubrió el rostro.
Durante unos segundos no dijo nada.
Después apoyó la cabeza sobre la mesa.
Parecía un niño pequeño.