Pensó que Arturo había estado involucrado en alguna investigación irregular.
Que quizá había ocultado información sobre mi salud.
O que había hecho algo sin mi conocimiento.
Mi hijo no quiso seguir leyendo.
Cerró la carpeta.
La colocó nuevamente dentro de la caja fuerte.
Y nunca me contó lo que había visto.
Durante doce años guardó aquella sospecha.
Cada domingo venía a visitarme.
Comíamos juntos.
Hablábamos de sus hijos.
Del jardín.
De las noticias.
Pero en el fondo llevaba una pregunta que nunca se atrevió a hacer.
¿Quién había sido realmente su padre?