Por eso la llamó al hospital.
La reunión no había sido para ocultar un experimento.
Había sido para firmar documentos relacionados con la continuidad y financiación del programa.
Arturo había dejado pagado el seguimiento hasta 2034.
Quería que las citas continuaran incluso cuando él ya no estuviera.
Aquella tarde en el hospital, cuando lo encontré tan alterado, no estaba intentando confesarme una maldad.
Estaba preocupado por dejar todo resuelto antes de morir.
Pero su plan tenía un problema.
Uno que ni él ni la doctora Aranda habían podido resolver.
Dependía de que yo siguiera abriendo las cartas.
Y yo había dejado de hacerlo.
Después de la muerte de Arturo, cada febrero llegaba a mi casa un sobre del Instituto Biomédico Aranda.
Contenía información sobre la siguiente revisión.