Durante nuestro matrimonio, Arturo siempre había organizado los documentos.
Los seguros.
Los impuestos.
Los contratos.
Yo rara vez revisaba los detalles.
La doctora Aranda me explicó que el formulario describía el programa de investigación.
También me mostró otros documentos del expediente.
Comprendí que mi inscripción había quedado registrada formalmente.
Pero también comprendí que Arturo me había permitido firmar sin saber realmente qué estaba aceptando.
Aquello me dolió.
No porque creyera que había querido hacerme daño.
Sino porque, incluso dentro de un matrimonio de cincuenta años, una decisión sobre mi salud debía haber sido mía.
—Debió decírmelo —murmuré.
La doctora asintió.
—Sí, señora Elena. Debió asegurarse de que usted comprendiera el documento.
Me quedé mirando la firma.
Era la misma que había utilizado durante décadas.