Llegó a mi casa conduciendo su propio automóvil.
Traía una carpeta grande sobre el asiento del copiloto.
Se sentó conmigo en la cocina.
Y permanecimos hablando durante casi cuatro horas.
Fue entonces cuando me mostró algo que no esperaba.
Mi formulario de consentimiento.
Cuatro páginas.
Fechado el catorce de marzo de 2002.
Mi firma aparecía al final de la última hoja.
La reconocí inmediatamente.
Era auténtica.
Nadie la había falsificado.
Yo había firmado aquel documento.
Pero no lo había leído.
Recordé la escena.
Arturo llegó una tarde con varios papeles.
Me dijo que necesitaba mi firma para las revisiones médicas de la empresa.
Yo estaba preparando la cena.
Tomé una pluma.
Firmé donde me indicó.
Y continué cocinando.
Confiaba en él.