En marzo de 2002 asistí a mi primera cita.
Recuerdo perfectamente aquel lugar.
Una clínica limpia.
Un estacionamiento pequeño.
Una máquina de café cerca de la recepción.
Me hicieron análisis.
Me tomaron la presión.
Después me acostaron en una camilla para revisar el abdomen.
Todo parecía normal.
Al año siguiente regresé.
Y al siguiente.
Y al siguiente.
Durante once años acudí puntualmente.
Nunca me encontraron nada preocupante.
Y yo jamás imaginé que estaba participando en un estudio médico.
Sin embargo, todavía había una pregunta que me inquietaba.
¿Cómo podía estar inscrita en una investigación sin haber dado mi consentimiento?
Meses después conocí personalmente a la doctora Beatriz Aranda.
Tenía setenta y cuatro años.