Compró libros.
Consultó publicaciones médicas.
Habló con especialistas.
Y trató de comprender si existía alguna manera de vigilar mi salud, teniendo en cuenta los antecedentes de mi hermana.
No era médico.
Era vendedor de seguros.
Pero había pasado cuarenta años aprendiendo a anticipar riesgos.
Y cuando tuvo miedo de perderme de la misma manera que había perdido a Lucía, hizo lo que sabía hacer.
Buscó información.
Comparó opciones.
Y preparó un plan.
Encontró un estudio longitudinal dirigido por la doctora Beatriz Aranda.
El proyecto buscaba observar durante muchos años la salud de mujeres con determinados antecedentes familiares.
Incluía revisiones periódicas y estudios de imagen.
Arturo consiguió información sobre el programa.
Pagó los costos correspondientes.
Y me habló de las revisiones como si fueran un beneficio de su empresa.