Había estado cargando ese peso dentro de mi cuerpo mientras subía escaleras.
Mientras preparaba comida.
Mientras caminaba a misa.
Mientras hacía mi vida cotidiana.
Y yo pensaba que simplemente estaba envejeciendo.
El movimiento que había sentido durante la madrugada no era lo que imaginaba.
Era el líquido contenido en aquella enorme masa desplazándose cuando cambiaba de posición.
No significaba que hubiera algo vivo moviéndose dentro de mí.
Pero tampoco era una sensación que debiera haber ignorado.
La doctora me explicó que, aunque el quiste era benigno, su tamaño representaba un problema serio.
Había comprimido estructuras internas.
Había alterado mi movilidad.
Y había convertido una intervención que podría haber sido mucho más sencilla en una operación importante.
Si lo hubieran detectado cuando medía apenas unos centímetros, posiblemente el tratamiento habría sido menos complejo.