Eran decenas.
Uno era médico.
Otra arquitecta.
Uno trabajaba en el puerto.
Otra tenía una panadería.
Uno conducía un taxi.
Otra era profesora.
Cada uno había aportado lo que podía.
Algunos mucho.
Otros poco.
Pero todos habían querido participar.
Porque todos recordaban algo.
Una mochila.
Un cuaderno.
Una merienda.
Un consejo.
Una palabra de aliento.
Una oportunidad.
Dos meses después subí a un avión por primera vez en mi vida.
Recuerdo mirar por la ventana cuando el avión despegó.
Y llorar.
Llorar como una niña.
Porque entendí que no estaba viajando sola.
Cada uno de esos chicos viajaba conmigo.
Llegué a París.
Caminé por calles que sólo había visto en fotografías.
Visité museos.
Probé comidas nuevas.
Tomé cientos de fotos.
Pero mi momento favorito ocurrió una noche junto al río Sena.
Estaba observando las luces reflejadas en el agua cuando recibí un mensaje en el teléfono.