La maestra pobre que gastó su sueldo en alumnos… y años después pasó algo imposible

Había chicos que escondían las hojas para que duraran más.

Otros escribían con lápices tan pequeños que apenas podían sostenerlos.

Algunos llegaban con hambre.

Y ningún chico aprende con hambre ni con vergüenza.

Por eso ayudaba.

No porque me sobrara.

Porque hacía falta.

Los años pasaron.

Vi generaciones enteras crecer frente a mis ojos.

Algunos abandonaron la escuela.

Otros siguieron estudiando.

Muchos se fueron del pueblo.

Y poco a poco fui perdiendo el rastro de casi todos.

Cuando me jubilé, me dieron flores, una placa y muchos abrazos.

Esa tarde volví sola a casa.

Recuerdo haber dejado el ramo sobre la mesa y sentarme en silencio.

Pensé que ahí terminaba mi historia como maestra.

No estaba triste.

Pero sí sentía que una parte enorme de mi vida acababa de cerrarse para siempre.

Durante los siguientes años llevé una vida tranquila.

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