Noah sonrió.
—¿Y ahora?
Le besé la frente.
—Ahora sé que mi trabajo también es enseñarte que no tienes que enfrentarte al mundo solo.
Noah cerró los ojos.
Emma le acomodó la manta.
Y yo me quedé allí hasta que volvió a dormirse.
Después miré el reloj.
Eran las 3:17.
La misma hora en la que, meses atrás, había visto a Emma acostarse junto a mi hijo y había pensado lo peor.
Aquella noche había estado a punto de cometer un error por miedo.
Había confundido el amor con el control, la protección con la vigilancia y la fuerza con no mostrar nunca debilidad.
Pero Emma me había enseñado algo que ningún hombre de mi organización había conseguido enseñarme.
Que el verdadero poder no está en conseguir que los demás te teman.
Está en conseguir que quienes amas se sientan seguros a tu lado.