EPÍLOGO: A LAS 3:17 DE LA MADRUGADA
Habían pasado dos años desde aquella noche.
Eran las 3:17 de la madrugada.
Exactamente la misma hora.
Yo estaba sentado en mi despacho cuando recibí una alerta de movimiento procedente de la habitación de Noah.
Abrí la cámara.
Mi hijo estaba despierto.
Pero esta vez no estaba llorando.
Estaba sentado en la cama, sosteniendo una fotografía de Caroline.
Emma entró unos segundos después.
—¿Otra pesadilla? —preguntó suavemente.
Noah negó con la cabeza.
—No.
—¿Entonces qué haces despierto?
Mi hijo sonrió.
—Quería recordar a mamá.
Emma se sentó junto a él.
—¿Y qué estás recordando?
—Que me gustaba cuando me abrazaba.
Emma abrió los brazos.
—¿Quieres uno?
Noah se acercó y la abrazó.
Después dijo algo que me hizo sonreír.
—Emma, ¿crees que mamá estaría orgullosa de mí?
Ella le acarició el cabello.
—Estoy segura de que sí.