Mi hijo asintió.
Después me miró.
—No pasa nada.
—¿No?
—Si no puedo correr, puedo jugar al tenis sentado.
Me quedé sin palabras.
Emma se secó una lágrima.
Aquella noche abracé a mi hijo durante mucho tiempo.
No sabía si volvería a caminar.
Pero por primera vez comprendí que su futuro no tenía que depender de eso.
La última promesa de Caroline
Un año después del atentado, llevé a Noah y a Emma al cementerio.
Había comprado flores blancas.
Noah llevaba una pequeña fotografía de su madre.
Se acercó a la lápida y la colocó cuidadosamente.
—Hola, mamá —susurró—. Hoy he jugado al tenis.
Me quedé detrás de él.
—Y papá ha perdido —añadió.
Sonreí.
—Eso es mentira.
Noah se rio.
Después se quedó mirando el nombre de Caroline.
—Te echo de menos.
Me arrodillé junto a él.