PARTE 2 / A las 3:17 de la madrugada, vi a través de una cámara de seguridad oculta cómo la nueva cuidadora de mi hijo de ocho años se metía en su cama, y mi mano alcanzó de inmediato mi pistola. Yo era Vincent Calder, el jefe de la mafia más temido de la Costa Este, y mi hijo había quedado paralizado en el mismo atentado que mató a mi esposa. Había instalado cámaras por toda nuestra mansión de Rhode Island porque no confiaba en nadie. Pero cuando Noah de pronto gritó y Emma Reed lo envolvió con sus brazos, lo que sucedió después me hizo bajar el arma por primera vez esa noche…

Lo miré fijamente.

—Habla.

—Hace dos meses, Marcus me ofreció dinero para modificar algunos registros de seguridad. Dijo que era una auditoría privada.

Me levanté lentamente.

—¿Y aceptaste?

—No. Pero no se lo dije a usted porque pensé que podía ser una trampa.

—¿Por qué no me informaste?

Dominic bajó la mirada.

—Porque Marcus tenía fotografías de mi hija. Sabía dónde estudiaba y dónde vivía.

El silencio se hizo insoportable.

—¿Te amenazó?

—Sí.

Lo observé durante unos segundos.

Podría haberlo despedido.

Podría haberlo golpeado.

Pero vi el miedo en su rostro.

Y comprendí que había utilizado las amenazas contra su familia para mantenerlo callado.

—¿Tienes las fotografías?

Dominic sacó su teléfono y me mostró los mensajes.

—Sí.

Se los entregué a Patricia, nuestra abogada.

Después contacté con las autoridades y acordamos cooperar para documentar las amenazas y preservar las pruebas.

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