Lucía respiró profundamente.
—Porque su padre cometió un error terrible. Confundió sus prejuicios con la verdad. Pero ese error habla de él, no de ustedes.
—¿Algún día regresará? —preguntó Ángel.
Lucía miró a sus cinco hijos.
—No lo sé. Pero les prometo algo: nunca tendrán que suplicarle amor a nadie.
Aquella noche, mientras los niños dormían juntos en dos colchones, Lucía lloró en silencio.
No por ella.
Por los cinco pequeños que todavía esperaban escuchar que su padre los quería.
Los años pasaron.
La pobreza no desapareció de inmediato, pero los muchachos crecieron con una determinación que sorprendía a todos.
Mateo era el más serio. Desde pequeño decía que quería ser médico porque recordaba las veces que su madre no había tenido dinero para pagar una consulta.
Daniel tenía una extraordinaria habilidad para los números.