Era la única imagen que conservaban de aquel primer día.
Debajo habían colocado una pequeña placa.
“Cinco hijos. Una madre. Treinta años de amor que nunca necesitó una prueba de ADN.”
Lucía comenzó a llorar.
—Mis niños…
—Ya no somos niños, mamá —bromeó Daniel.
Ella sonrió entre lágrimas.
—Para mí siempre lo serán.
Mateo le tomó la mano.
—Durante toda nuestra infancia pensaste que tenías que darnos una familia completa.
Ángel continuó:
—Pero nunca nos faltó una familia.
Lucas agregó:
—Nos enseñaste a trabajar.
Daniel dijo:
—A no avergonzarnos de quiénes somos.
Samuel terminó:
—Y a entender que el amor verdadero no depende de la sangre, del apellido ni del color de la piel.
Los cinco se arrodillaron frente a ella.
—Gracias por elegirnos todos los días, mamá.
Lucía los abrazó como pudo.
A lo lejos, Alejandro observaba la escena.