Entonces Alejandro sacó el sobre.
—He preparado documentos para entregarles parte de mi patrimonio.
Lucía no lo tocó.
—¿Crees que treinta años se compran con dinero?
—No. Pero quiero hacer algo por ellos.
En ese momento apareció Mateo detrás de su madre.
Había escuchado toda la conversación.
—Entonces haga algo que verdaderamente importe.
Alejandro levantó la mirada.
—Lo que sea.
—Reconozca públicamente que nos abandonó por prejuicios. Que nuestra madre nunca le fue infiel. Y que usted se equivocó.
El empresario asintió.
—Lo haré.
Pero Mateo todavía no había terminado.
—Y después deje que nosotros decidamos si queremos conocerlo.
Alejandro cumplió su palabra.
Durante una entrevista pública reconoció su responsabilidad.
No intentó justificar sus actos.
No culpó a su madre.
No culpó a la sociedad.
—Abandoné a mi esposa y a mis cinco hijos porque fui incapaz de mirar más allá de mis propios prejuicios —declaró—. Durante treinta años permití que una mentira destruyera nuestra familia. La culpa fue mía.