Había días en que quería hablar de lo ocurrido.
Y otros en que no soportaba escuchar los nombres de Ricardo, Mauricio o Verónica.
Su terapeuta la ayudó a comprender que podía decir que no, hacer preguntas y acudir a adultos de confianza cuando algo la asustara.
Yo aprendí a no presionarla para recordar detalles.
También comprendí que la seguridad no podía recuperarse solamente prometiendo que nunca volvería a pasar nada malo.
Había que demostrarla.
Todos los días.
Con constancia.
Con sinceridad.
Con respeto.
Y escuchando.
Una tarde, casi un año después del primer desmayo, Sofía regresó de la escuela con un dibujo.
Mostraba a dos personas frente a una casa amarilla, debajo de un sol enorme.
Una tenía cabello largo y oscuro.
La otra llevaba un vestido morado.
Encima había escrito:
«MAMÁ Y YO. SEGURAS PARA SIEMPRE».