—Nunca había oído hablar de él.
Russell sacó otra hoja.
—Eso es interesante, porque esta empresa recibió más de cuatrocientos mil dólares durante los ocho meses anteriores a tu detención.
Sentí un escalofrío.
—¿Y qué pasó con ese dinero?
—La empresa dejó de existir dos semanas después de tu condena.
Me llevé una mano a la boca.
—Entonces Trevor…
—No saquemos conclusiones todavía. Necesitamos registros bancarios originales, documentos societarios y pruebas de quién autorizó las transferencias.
Russell abrió otra carpeta.
—Hay algo más que debes saber.
—¿Qué?
Me mostró una copia de un documento fechado apenas tres días antes de mi arresto.
Era una autorización para transferir la propiedad de mi empresa.
Y al final aparecía mi firma.
O, al menos, una firma que se parecía muchísimo a la mía.
—Yo nunca firmé esto —susurré.