Opal tenía setenta y siete años y seguía levantándose temprano para preparar su té.
Aquella tarde me miró y me hizo la misma pregunta que había cambiado mi vida:
—Rebecca, ¿sabes qué fue lo primero que pensé cuando te contraté?
Sonreí.
—Que sabía cocinar.
—¡Por supuesto que no! Tus primeras patatas estaban prácticamente quemadas.
Nos reímos.
Después se puso seria.
—Pensé que necesitabas una oportunidad. Y que quizá yo también necesitaba una.
La miré.
—Usted me salvó la vida, Opal.
Ella negó con la cabeza.
—No, querida. Yo solamente te abrí una puerta. Fuiste tú quien tuvo el valor de atravesarla.
Me quedé mirando el jardín.
Recordé aquella primera noche, cuando dormí en una habitación pequeña con una bolsa de ropa y setenta y cinco dólares.
Recordé las amenazas de Monika.
Las noches en prisión.