Porque afeitar a alguien mientras duerme no era una travesura.
Era un ataque.
***
El color desapareció de su rostro.
—Tú…
—Sí.
Mariana cerró la carpeta.
—Yo.
La misma mujer que ustedes creían incapaz de defenderse.
***
Eleanor abandonó la oficina veinte minutos después.
Mucho más silenciosa de lo que llegó.
Mucho menos segura.
Y por primera vez en años, sin tener la última palabra.
***
Esa misma noche Daniel llamó.
Luego volvió a llamar.
Y volvió a llamar.
Mariana respondió al cuarto intento.
—¿Qué quieres?
Su voz sonaba agotada.
—Mamá está asustada.
—Yo también lo estuve cuando desperté con una máquina cortándome el cabello.
Silencio.
—Ella no pensó…
—Exactamente.
No pensó.
***
Daniel respiró profundamente.
—Podemos arreglar esto.
—No.
—Mariana…
—No.
La respuesta fue firme.
—Lo que tú quieres arreglar son las consecuencias.
No lo que pasó.
***
Daniel permaneció callado.
Porque ella tenía razón.