Usaba lentes para leer, sujetos a un cordón que llevaba alrededor del cuello.
Incluso en días calurosos aparecía con camisas de franela.
Durante las primeras reuniones casi no habló.
Se sentaba al fondo.
Escuchaba a los demás.
Y tomaba café lentamente.
La segunda vez que coincidimos, me acercó una taza.
—Con un poquito de leche y sin azúcar, ¿verdad?
Lo miré sorprendida.
—¿Cómo sabe?
Se encogió de hombros.
—La semana pasada vi cómo lo preparó.
Fue un detalle pequeño.
Pero hacía mucho tiempo que nadie prestaba atención a cosas tan pequeñas sobre mí.
Comenzamos a conversar después de las reuniones.
Primero sobre el clima.
Después sobre nuestros trabajos.
Luego sobre nuestras familias.
Ernesto tenía una manera tranquila de escuchar.
No interrumpía.
No intentaba resolver todos mis problemas.
Y cuando yo mencionaba a Ricardo, nunca cambiaba de tema.